Algunas anotaciones sobre la intensidad del primer cumpleaños (2ª parte)
Entre las corridas para resolver los pormenores de la celebración, se disfrutó de una tarde cargada de emociones, amigos y goteras
Por Pablo Zanocchi, especial para Baby ¡Boom!*
Un desafiante silencio se hizo presente una vez que mi esposa y yo, con Felipe en brazos, apagamos la velita después de su primer canto de “que lo cumplas feliz”. Se callaron los aplausos de unas 50 personas y la expectante mirada se enfocó en ver qué haría el cumpleañero.
La situación casi lo sobrepasa. Se detuvo, miró toda esa gente, y cuando parecía que iba a llorar, largó una carcajada y comenzó a reírse y a aplaudir. Los invitados acompañaron con sus palmas y con la torta se dio oficialmente por terminado el momento la celebración del primer año de vida de Felipe Mario Zanocchi.
Ese momento que tanto habíamos calculado y esperado, y que sabíamos desde hacía tiempo que se realizaría el sábado 11 de mayo de 2013 a las 13:00 en el Centro de Farmacias del Uruguay (leer post anterior), contó con un poco de todos los condimentos que un evento de este tipo tiene, para los que uno jamás está preparado pero corre para solucionar.
Después de haber subido comida, bebida y piezas de decoración por más de una hora, cuando con mi camiseta empapada en sudor me disponía a retirarme para darme un baño y vestirme de forma acorde para la ocasión, llegó mi esposa al mismo tiempo que algunos familiares y amigos que venían más temprano para dar una mano, para enterarse que por un malentendido no había manteles.
El verdaderamente pequeño detalle, que de lejos puede verse como muy pequeñito, tomó en ese momento proporciones épicas. En medio del lío sugerí una forma de disposición de las mesas. Con los nervios a flor de piel, me respondieron con un ladrido.
Me fui silbando bajito, dispuesto a quitarme la sudorosa camiseta, y darme un baño en tiempo record, para volver con el niño cumpleañero, igualmente arreglado.
A las 13:04 estaba de vuelta con Felipe. A las 13:08 había llegado “El Cabeza” con el whisky de regalo y a las 13:12 volvió la tía Erika, que consiguió con mi suegro tela “TNT” justo a tiempo para la llegada del grueso de los invitados. No tengo ni idea de cómo hicieron para conseguir varios metros de tela en 25 minutos. Son esos golazos de último minuto que siempre entran cuando todo conspira.
Además, lo que sobró de la misma tela sirvió horas más tarde para taponear una gotera del freezer que por poco quiebra las caderas de las abuelas de varios patinazos.
Vino familia de Melo, de Juan Lacaze y de Paysandú. Vinieron primos, tíos y amigos de la escuela, el liceo, la universidad y el trabajo. También fue el Tata Julio y la abuela Mirta, padres de Adriana, que es madre de Lucía, mi esposa, mamá de Felipe; cuatro generaciones que el amor unió y que gracias a un sinfín de sucesos hicieron que llegara Felipe. Mi familia más veterana, más propensa a los problemas de salud, se perdió la cita, pero acompañó en el corazón, sé que estuvo presente desde alguna parte.
El Lilo, con 40 de fiebre tampoco estuvo, el Sapo faltó sin aviso y fue una gran decepción. El diseñador de la invitación, el viejo y querido Lucho, que no lo veía hacía mil años, cayó con una genial barba larga y unos lentes de John Lennon pero oscuros. Y mi hermana María terminó de presentar a todos los allegados a su nuevo novio, Andrés, de quien está muy “enamoradísima”.
Y como en todos los eventos en los que uno es el organizador, por más que seas Giordano y tengas 50 desfiles arriba, estás a 500 por hora y no terminás de disfrutar del momento como te gustaría. Las cosas pasan y vos estás en una nube de preocupación, queriendo que la gente esté bien. No pude establecer una sola charla en la que estuve enfocado y disfrutando; me disculpo ante todos aquellos que creyeron que tenían mi atención, no fue así. Estaba mirando por encima de vuestros hombros, viendo que todo estuviera bien.
Cuando todo el mundo se estaba yendo, cuando había que bajar todas las cosas, me serví un vaso de cerveza helada y me puse a ver a mi cuñado jugando pulseadas con el tío Alvarito. Recién ahí bajé a tierra.
A las apuradas quedaron fijados 50 compromisos, junto con la promesa de que “tenemos que vernos más seguido”. Tenemos que ir a Melo a lo de los tíos, a Juan Lacaze a comer un asado con Manuel, a Paysandú a pasar un rato con el primo Juampi en su chacra para que Felipe le dé de comer a los chanchos. Esperemos que algún día, alguna de las citas se cumpla.
Me quedé con esa sensación. Pasó mucho en demasiado poco tiempo, o demasiado rápido. Yo veía que la gente estaba pasando bien mientras que corría de aquí para allá atendiendo que no faltara comida, que otra gotera generada por un latón que actuó de refrigerador no haga patinar a ninguna otra abuela y que los vasos estuvieran siempre llenos.
En el acelere, recuerdo varios cruces de palabras, algunos golpes de cariño, un abrazo, un beso con este y con aquel… Unos granitos de arena que me hicieron, en el medio de todo el ruido, sonreír y pasarla bien.
De a ratos lo veía a Felipe pasar en brazos de alguien; estaba feliz. A él le encanta prestar atención a cosas nuevas que sobraban en esa experiencia. Jugó con otros niños y con los regalos; la pasó muy bien.
Mi esposa estaba preciosa. Estoy seguro que no vivió con el mismo acelere que yo, o lo vivió de otra manera, mejor, más tranquila ante la presión. Yo la vi radiante, disfrutando del momento, de la alegría de todas las personas, charlando con un grupo, con el otro; jugando con Felipe y con los nenes que estaban en la vuelta. Cuando terminaron de cantar el “que lo cumplas feliz”, lagrimeó.
No es para menos. Tener un hijo te da unos cuantos piñazos. Hay que estar atento, hay que ser muy fuerte, ¡hay que fumarse cada cosa! Es una responsabilidad demasiado grande y estoy seguro que, al menos para el primero, nunca hubo alguien preparado. Eso sumado a alguna que otra nana que hubo que sanar, hicieron de ese momento el ápice del festejo, de las emociones, del cariño de la gente que siempre nos acompañó.
Todo esto es ahora un recuerdo borroso de una tarde preciosa en la que un montón de individuos que se quieren se juntaron a celebrar la vida de una personita.
Que sigan así las cosas.
* Pablo Zanocchi es periodista de El Observador. Papá de Felipe, de 1 año. @zanocchi en Twitter

















