Equilibrio
El conflicto en Medio Oriente hace que los medios doblemos los esfuerzos para escuchar e informar sobre las dos campanas
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11
2012
Tras ocho días de violencia y 145 muertos, este miércoles se acordó un cese a la violencia entre Israel y Hamas. Algo que quizá no esperaban esta mañana los heridos en el "ataque terrorista" en Tel Aviv. Quizá la explosión fue una de esas demostraciones de fuerza de último minuto que se dan antes de negociar una tregua en un territorio donde una chispa desata explosiones de proporción. Por ello, cada historia en Medio Oriente hace que los medios doblemos los esfuerzos para hacer lo que siempre debemos hacer: escuchar todas las campanas y ser lo más equilibrados posibles a la hora de informar. Un claro ejemplo fue la tapa que El Observador publicó el sábado 17 de noviembre.
Bajo el título Las caras del horror, la edición buscó reflejar las dos caras de la tragedia que viven los civiles a uno y otro lado de la frontera. La historia del palestino Nassim Al Zaanin –un hombre con cinco hijos que convivió con el miedo y las explosiones y vio a la muerte a la vuelta de la esquina- y del israelí Rami Negby –quien se aisló en el búnker del kibutz a merced de las explosiones de los cohetes y debió enviar a su familia lejos, para evitar males mayores.
El equilibrio en la información que los medios brindan sobre los acontecimientos en Medio Oriente es siempre tema de debate. Recuerdo por ejemplo cuando nos tocó cubrir a la distancia la guerra del Líbano. La premisa: ofrecer siempre las voces de todos los involucrados. Así pasábamos horas revisando cables de agencias de noticias, mirando medios extranjeros y hablando por teléfono con personas bajo fuego israelí o de Hezbollah. A veces no era fácil pero cuanto más difícil de conseguir, más había que hacerlo. Luego vendrían las críticas de uno y otro bando. Pero tanto en 2006 como hoy, si todos cuestionan, lo más probable es que estemos haciendo las cosas bien.
10
2012
El lunes 22 de octubre El Observador cumplió 21 años y días antes de alcanzar la mayoría de edad, en el diario nos sorprendimos al descubrir que en México hay una publicación con logo mellizo. Pese a que cuando nació El Observador, no había hermano, ni mellizo y muchos menos gemelo.
El Observador Judicial es un suplemento que está en su segundo año. Es una divulgación interna del Poder Judicial del Estado de Puebla que, como su nombre lo señala, se centra en cuestiones judiciales. Su lema es “La opinión pública es un juez incorruptible, inexorable y soberano”.
En el mundo hay muchas publicaciones con el nombre El Observador. Entre ellos se encuentran algunos muy difundidos como el británico The Observer o el diario vaticano L´Osservatore Romano y otros menos conocidos en Uruguay, como El Observador de Chile y hasta una revista de culturas urbanas de Málaga.
El Observador de Uruguay nació como un diario económico en 1991 con la idea de que la información objetiva alentara y promoviera el debate público sobre los retos y desafíos del país, decía el primer editorial. Desde aquel entonces también se le dio especial importancia a la fotografía y al diseño del periódico. El diario buscó desde el inicio “brindar un nuevo diseño periodístico orientado a facilitar la lectura y comprensión de los fenómenos informativos, mediante el lenguaje gráfico y visual”. A lo largo de estas dos décadas el periódico ha cambiado algunos aspectos de su diseño, como la tipografía o las piezas. Los fines de semana, el logo de la tapa de El Observador también sufrió algunas modificaciones y se apostó a jugar más con la O de “Observador”.
Fue en este ambiente con apuesta al diseño en el que surgió el logo de El Observador, que cada jornada acompaña a las noticias más destacadas de Uruguay, -como lo es hoy la polémica por la venta de los aviones de Pluna- y del mundo, como los estragos del huracán Sandy.
10
2012
En los últimos siete días hemos tenido dos ejemplos diametralmente opuestos acerca de cómo se puede llegar a la tapa de un diario.
El más cercano se produjo ayer, cuando una foto tomada con un teléfono celular dio testimonio del zafarrancho que armó la rotura de los semáforos en el cruce de Avenida Italia y Bulevard Artigas.
El autor de la foto -un periodista de El Observador-, vio desde la ventana de su apartamento el congestionamiento y decidió captar la escena con su celular. De inmediato la web del diario la recibió y a los pocos minutos estaba twiteada.
La calidad de la foto (composición y nitidez) quizá no era la mejor pero tenía la gran virtud de la oportunidad: el periodista estaba en el lugar indicado, en el momento preciso. Esas son dos virtudes que cotizan alto en el periodismo.
Estas situaciones, sin embargo, no son propiedad exclusiva de periodistas, cada día las personas son testigos de hechos que tienen un valor periodístico. Hace décadas esos registros se perdían ya que no era común que las cámaras fueran populares en las carteras de las damas y en los bolsillos de los caballeros. Hoy sin embargo, esta limitante ya no existe la mayoría cuenta con teléfonos (no hace falta que sean smartphones) con cámaras capaces de inmortalizar situaciones noticiables.
Sin embargo, el hecho de que una foto sacada con un celular haya llegado a la tapa de un diario, no debe interpretarse como el final de los fotógrafos de prensa.
La prueba de esto se dio la semana pasada -y este es el segundo ejemplo- cuando un periodista de El Observador (Nicolás Garrido) tuvo que cubrir los efectos de los disturbios en el barrio Marconi. A pesar de que contaba con un equipo de fotografía profesional, decidió hacer un experimento con su smartphone.
Utilizando una aplicación que se baja gratis de la App Store de Apple (Photosynth se llama para más datos) compuso una panorámica del barrio que daba cuenta de la magnitud de los destrozos. Claro, que cualquiera puede usar ese programa -que cuenta con todas las herramientas posibles para solucionarnos la vida- pero la verdad que una cosas es hacer un paneo y pegar fotos, y otra muy diferente es que esa imagen tenga todos los elementos noticiosos y además alma.
La imagen sacada con el teléfono fue tan buena que ese día nos obligó a cambiar hasta el diseño de la tapa de El Observador. Para mostrar la foto entera debimos hacer que la imagen continuara hasta la contratapa. Es decir que una foto especial sacada con una cámara de lo más corriente, nos obligó a romper las reglas por un día y complicarnos, gratamente, el armado de la portada.
09
2012
Desde que el Poder Ejecutivo decidió el jueves 5 de julio deshacerse de Pluna, en las tapas de El Observador liquidamos, fileteamos y hasta anunciamos la subasta de la aerolínea de bandera uruguaya.
El quiebre de la aerolínea sorprendió. Seguramente tanto como sorprendió a gobierno, según aseguraron las fuentes, un fallo de la Justicia brasileña que le daba la razón a dos trabajadores de la compañía Varig a reclamarle a Pluna por US$ 500 mil cada uno. Pluna y Varig habían sido socias entre 1995 y 2005 y l a sentencia abría la puerta a reclamos potenciales por US$ 3.500 millones. Ante esto el Ejecutivo cortó por lo que entendió más sano. Y liquidó Pluna. Trabajadores sin empleo, turistas varados, menor conectividad aérea y temor de cara a la próxima temporada turística son algunas de las consecuencias de la decisión, que también permite evitar juicios millonarios.
Cada uno de estos capítulos fue reflejado en El Observador y uno de los episodios clave se dio la semana pasada cuando debía concretarse la subasta de los 13 aviones que permitan garantizar al Ejecutivo el pago de deudas de Pluna. La subasta fue anunciada con bombos y platillos pese a que es difícil que se logre un comprador dispuesto a desembolsar US$ 135 millones por aviones cuyo precio parece estar más cercano a los US$ 80 millones. El gobierno insistió pero horas antes de concretarse, la subasta debió cancelarla con el argumento de dar más tiempo a posibles compradores. El resultado fue una sala de subasta vacía, fiel reflejo de la situación que dejó el cierre de la aerolínea.
09
2012
El título de la edición de hoy referido a la selección dice “de la fiesta al fastidio”. En realidad le falta algo… unos buenos puntos suspensivos, porque cada vez que la tribuna uruguaya comienza a fastidiarse lo que sigue es una gran zambullida en el pesimismo.
Está bien, desde que ganamos la Copa América las cosas no son iguales. Ya no nos comemos crudos a los rivales, los ídolos de hace un año ahora tienen pies de barro, y convengamos que muchos dejaron de disfrutar el camino y ven lejos la recompensa.
Estábamos demasiado acostumbrados al confeti, a sacar la tuba y a corear los goles. Pero tengamos en cuenta que es muy difícil que un equipo de fútbol (y diría que de cualquier otra disciplina) mantenga por más de dos años un nivel tan alto como el mostrado por nuestra selección. La prueba está, en que ni siquiera el admirado FC Barcelona pudo repetir dos años seguidos su primera y legendaria campaña.
Por eso hay que tenerle paciencia a la selección, sobre todo porque las selecciones no son como los clubes que a fuerza de billetera compran aire nuevo. Acá somos los que estamos. Por un lado que comprensible que la gente se fastidie cuando las pelotas que antes convertíamos en gritos de gol ahora se transforman en suspiros.
Ayer en el estadio comenzó a circular por las tribunas un murmullo de queja. Ya Cavani no es el fenómeno que era, Forlán no está fino, Suárez protesta demasiado, Lugano está viejo, y Tabárez duda mucho. Justamente así es como comienza a manifestarse el problema mental que tenemos los uruguayos con el fútbol.
Cuando este problema que tenemos en el balero se materializa, la enfermedad nos lleva insultar al plantel completo, a sepultar ídolos en cada fecha, a silbar a nuestro propio equipo y hasta a gritar los goles del contrario.
Una locura sí, pero ojo que esa sobredosis de pesimismo futbolero la vivimos durante mucho tiempo, y justamente se nos pasó cuando unos tipos vestidos de celeste viajaron a un mundial sin levantar mucho la perdiz y terminaron haciendo que el uruguayo promedio parara de sufrir comenzará a reírse como nunca del fútbol.
Esos tipos son los mismos que ayer corrieron en el Centenario. Es cierto no les fue bien, pero si nos olvidamos que fueron los que nos sacaron del pozo y a cambio no le tenemos un poco de paciencia, será la demostración pura de que estamos hecho pelota.
Simón Gómez es editor jefe de El Observador. @simondiceno Jimena Abad es editora de cierre de El Observador.
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