Estilo - VIDA
Los conocedores del paño
El hotel Carrasco se apronta para recuperar su antiguo esplendor y 85 jóvenes hacen un entrenamiento intensivo de 30 horas semanales para conducir las mesas de juego del casino, que se inaugurará en agosto
Hay una escuela de croupiers en Montevideo y es algo que no pasa todos los días. De hecho, la última vez que hubo talleres fueron los del hotel Conrad, hace 16 años. Eso es porque el oficio de croupier no se enseña si no hay plazas disponibles en un casino. El que aprende, trabaja. Y gana bien. Y después está el asunto de las propinas y eso ya se pone serio.
Ahora hay 85 jóvenes de entre 18 y 25 años de edad, que practican cinco horas por día de lunes a sábado y ganan $ 11 mil nominales por mes por hacerlo. Si todo sucede como está previsto ellos estarán al frente de las mesas de black jack, punto y banca, ruleta y póker en el casino del hotel Carrasco en agosto de este año.
El entusiasmo es palpable. La gente está muy concentrada y hablan solo los que tienen que hacerlo, pero se festejan con aplausos las buenas performances.
Se entrenan en un lugar muy propicio, por lo demás. Es en una dependencia municipal en el parque Rivera, frente a un lago que le daba nombre al hotel señorial.
La agencia de empleo Manpower eligió 120 postulantes, de los que quedaron 85. Los cursos empezaron el 9 de abril y estarán prontos para hacerse cargo de las mesas de juego en agosto. Todos tendrán trabajo.
El instructor a cargo de su formación, Alejandro Gutiérrez, conoce el paño. Él estuvo en el lugar de estos jóvenes en 1996, cuando fue seleccionado por el Conrad para participar en la escuela. Gutiérrez trabajó un lustro en el casino del hotel y después anduvo por Chile y por México y ahora vuelve a Uruguay y está muy complacido de que el mismo trabajo que lo alejó de Uruguay sea el mismo que lo trajo de regreso al pago.
Gutiérrez tiene 42 años y lleva la pasión del casino en la sangre, pero no la del jugador. Su padre fue tallador (nombre con el que también se conoce al oficio) durante 35 años. Por eso, cuando el Conrad llamó a postulantes, Gutiérrez tenía ventaja: “La de saber que el pleno paga 35 desde los dos años”, se ríe Gutiérrez. Es una información de muy poca utilidad en otro contexto. Pero en el caso suyo fue el inicio de un oficio con el que le fue muy bien.
Según Gutiérrez, el entusiasmo que hay entre los alumnos está justificado. “Este es el mejor trabajo del mundo”, aventura. “La cantidad de emociones que hay en juego, la tensión que hay en el ambiente y la precisión con la que hay que actuar siempre, produce una satisfacción muy intensa”, explica.
Y también es una fuente de ingresos muy competente. “Sin hablar de las propinas, los sueldos son muy respetables”, dice Gutiérrez, y prefiere no adelantar a cuánto cambia la situación con las propinas, pero se entiende que por lo menos duplica el sueldo por sí sola. El jugador deja propina cuando gana una bola o un pase de cartas y, aunque después pierda, habrá dejado una buena suma. Y los que se van ganando, dejan más.
Las propinas van a un fondo común y se reparten después.
Técnica
Todo se trata de eso. Técnica. Hay que repetir y repetir y repetir las situaciones, cada uno de los detalles del juego, hasta automatizarlos. Cada movimiento, además de preciso, debe ser elegante: la forma de tomar las cartas, de darlas vuelta; cómo manipular las fichas, cómo despejar el número ganador y despejar el paño de apuestas perdedoras; cada una de las palabras a usar, más allá de los consabidos “hagan juego”, “no va más” y “negro el 11” de la ruleta. Y también todo el caudal de improvisación que está involucrado en una actividad que está permanentemente vinculada al público.
Es así que se auspicia y se alienta a los extrovertidos, a quienes tienen siempre un comentario a flor de labios, aunque se respeta a quienes son más reservados y hasta conviene tener una buena gama de personalidades, ya que es una de las variables que espera el jugador, que está siempre pendiente de los detalles que van a determinar su suerte, y el croupier es una de ellas.
El trabajo requiere también velocidad en las cuentas. Hay que sumar la cartas, saber cuánto pagar y hacerlo rápidamente. En la ruleta, el pago es bastante más complicado, entre la vorágine de fichas sobre el paño. Se debe tener claras las sumas de fracciones entre calles, líneas, cuadros, semiplenos y plenos. Pero eso se practica y se aprende. Lo más importante es el enfrentamiento con el monstruo de mil cabezas: los jugadores.
“Lo más importante es tener sentido común para resolver las situaciones que se presentan a cada instante”, señala Gutiérrez.
En su opinión, el grupo de alumnos actual está por encima del promedio. “No solo estamos más adelantados de lo previsto sino que se nota una calidad humana inusual. Se respetan, se ayudan, sin alardear, sin humillar, sin competir entre ellos”.
Esta semana, llegó desde Ecuador otro instructor, el argentino Fabio Bruno (47), quien también se formó en el casino del Conrad.
Bruno y Gutiérrez serán los jefes de sus alumnos dentro de tres meses, y creen que eso mismo es una gran cosa: “Somos un equipo. Nos conocemos bien y estamos para lo mismo”, dice Gutiérrez y Bruno agrega que los incentivos son grandes: “En este trabajo hay mucha movilidad. Pasás de ser corupier a supervisor y después jefe de sector y después jefe de sala y después gerente. Hay posibilidad de viajar, de conocer, de enseñar”, ilustra.
Futuro
Ana tiene 19 años y es una de las alumnas. Vive en Malvín Norte y formó parte de las actividades de la ONG Gurises Unidos hasta que fue mayor de edad. Este año estaba participando en el programa Alcanzar, para jóvenes, y hacían talleres en el parque Rivera. Ella y dos compañeros más fueron invitados a participar en los talleres de croupiers.
“Al principio no me podía imaginar que iba a trabajar en ese edificio, que es patrimonio uruguayo, con toda la historia que hay ahí adentro”, dice.
Ahora ya se hizo a la idea y le entusiasma trabajar con el público, aunque es “medio tímida”.
Para ella, es importante “para el futuro. Para formar una familia y salir adelante yo misma”. Cada uno de sus compañeros tiene sus propias razones para festejar.




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