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Argentinos se obsesionan con el dólar, entre perros y rumores
El gobierno intenta llevar calma a un mercado que teme el descalabro financiero
Quien recorra las calles del microcentro porteño podrá experimentar una sensación de viaje en el tiempo.
En épocas de globalización y libertad cambiaria generalizada, se repiten escenas de 30 años atrás, con patrullas de inspectores que tratan de detectar “arbolitos” o “cuevas” de venta ilegal de dólares.
Mientras la gente volvió a preguntarse cuánto cuesta el dólar paralelo, el detalle más pintoresco lo aportan los perros de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP). Se trata de canes de la raza golden retriever, entrenados para detectar billetes de dólares (el gobierno estadounidense colaboró con tecnología y con el envío de dólares picados, que saca de circulación, para que los perros se familiaricen con el olor de la tinta).
La modalidad ya se había dado a conocer el verano pasado en la terminal de Buquebus y en el aeropuerto de Ezeiza, olfateando baúles de autos y valijas de turistas. Su efectividad no se pone en dudas, porque en esas situaciones dejaron en evidencia que algunos pasajeros pretendían excederse en el límite de US$ 10 mil que se permite sacar del país.
Ahora, vestidos con los chalecos con la inscripción AFIP, transitan las calles de la city porteña, sin que los especialistas se pongan de acuerdo respecto de si su presencia es un disuasorio suficiente para aplacar el apetito por dólares o si, por el contrario, no hace más que generar pánico entre los ahorristas. Todo una postal de los tiempos que corren.
Claro que este regreso a la década de 1980 tiene su ingrediente de las nuevas tecnologías. Ocurre que a través de cadenas de e-mails y redes sociales como Twitter han circulado esta semana miles de mensajes advirtiendo sobre calamidades financieras de todo tipo.
Que vendría un nuevo corralito, que se pesificarían los depósitos bancarios en dólares, que se abrirían las cajas de seguridad, que se incumpliría en el pago de los próximos vencimientos de deuda soberana en dólares, que se reinstauraría un sistema de varios tipos de cambio…
Toda la lista de pesadillas argentinas circuló en los últimos días, tanto más insistente cuanto mayores eran las restricciones para comprar billetes verdes al tipo de cambio oficial.
La excusa oficial para el cierre fue que se habían detectado casos de fraude, con gente que compraba dólares por sumas que no se compadecían con sus ingresos, y que la AFIP presumía que pedían pesos en el sistema financiero para comprar dólares “oficiales” y luego revenderlos al precio del mercado paralelo.
Pero el mensaje que los argentinos decodificaron fue otro: que sobrevendría un cierre de la canilla dolarizada por mucho tiempo. Ocurre que aquellos que hasta hace dos semanas podían retirar hasta el 40% de su sueldo, súbitamente no pueden comprar ni un dólar.
La inquietud llegó a tal nivel que la propia Cristina Fernández de Kirchner tuvo que salir a desmentir los rumores. “Olvídense, no va a haber nada raro, no va a haber ningún shock. Les pido que seamos sensatos y no creamos lo que dice el primer mail que nos mandan, porque ya nos han dicho 20 millones de cosas y ninguna de ellas pasó”, dijo la presidenta durante un acto oficial de homenaje a Néstor Kirchner. Y, en un intento por transmitir calma, afirmó que “esta Argentina es absolutamente responsable y previsible”.
Pero lo cierto es que en el ámbito de las empresas y los bancos dudan que estas declaraciones hayan sido suficientes como para aplacar los nervios de los ahorristas. De hecho, los trascendidos de las últimas horas apuntan a que, tras meses de calma, volvió a notarse una tendencia a la cancelación de cajas de ahorro en dólares.
Al respecto, Jorge Todesca, un ex viceministro de Economía, destaca que aun para un país que ha tenido una historia de 80 años de controles cambiarios, resulta inédito un cierre de la ventanilla de dólares como el que se vive actualmente.
“La misión de administrar las reservas se ha convertido en un acto arbitrario y francamente poco racional, que solo sirve para complicar el funcionamiento de la economía y la vida de los ciudadanos y que solo servirá para crear más incertidumbre y demanda de dólares”, afirma.
Esto se torna más palpable aun en la parálisis de sectores de la economía cuyo manejo está completamente dolarizado, como es el caso típico de las propiedades inmobiliarias. En abril, la comparación contra el mismo mes del año pasado marcó una caída de 22% en las operaciones de compraventa. Y los primeros datos de mayo apuntan a que la caída será de 30%.
Lo curioso de la situación es que, con semejante colapso de la demanda, los precios se muestran muy rígidos a la baja. Sucede que un alto porcentaje de los propietarios que tienen en venta sus departamentos son inversores que entraron al mercado inmobiliario con un ánimo de renta. En consecuencia, están dispuestos a esperar el tiempo que sea necesario pero no toleran resignar precio.
Esa situación es lo que ha llevado a algunos funcionarios de la administración K, como el director de la Unidad de Información Financiera, José Sbatella, a afirmar que el gobierno debería impulsar una pesificación del mercado, aunque hubiera que hacerlo “por las malas”.
Eso ha alimentado las especulaciones respecto de posibles medidas, entre las que se destaca la implementación de un régimen de tipos de cambio múltiple. Por cierto que no es una novedad para la historia económica argentina, porque ya hubo experiencias de coexistencia de dólares para exportación, para importación, para el turismo y para los bancos. Los resultados nunca fueron alentadores: no solo se generaba ineficiencia y corrupción, sino bruscas correcciones del tipo de cambio.
Contando los dólares de la soja
Los números que manejan los economistas indican que, sumando las obligaciones del sector público más las deudas de las empresas privadas, se necesitan US$ 10.000 millones este año. Y a eso hay que agregarle la demanda minorista, que ya lleva US$ 3.500 millones en el primer cuatrimestre. Es decir, aun si no se vendiera un dólar más por el resto del año, el gobierno necesita un superávit comercial superior a US$ 13.000 millones si no quiere sacrificar reservas. ¿Se llegará a ese nivel? Los economistas no se ponen de acuerdo, pero parece difícil. “La actual cosecha de soja es de 40 millones de toneladas, a un precio de venta promedio de US$500 la tonelada, implica un ingreso de US$ 20.000 millones. Es mucho dinero, pero esperábamos 54 millones de toneladas, con lo cual faltan dólares, ingresos fiscales y derrame de dinero”, describe el consultor Salvador Di Stefano. l




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