Portada - EDITORIAL
Sí, podemos
En la educación, no se trata de descubrir la piedra filosofal ni de volcar montañas de dinero, sino de aplicar principios que en otras organizaciones funcionan con éxito
Con este lema, Barack Obama derrotó a Hillary Clinton y la poderosa maquinaria del establishment del Partido Demócrata en las primarias para las elecciones de 2008. Con este mismo lema, Obama derrotó al candidato republicano John McCain en las presidenciales. Y, con este lema, Obama generó un especial optimismo acerca de que podía cambiarse la forma de gobernar en Washington. Quizá Obama se enredó luego en su inexperiencia y el cambio en la política de Washington va más lento de lo previsto. Pero va. Y se aprobó una importante reforma de la salud que ayudará a los 30 millones de estadounidenses que no tienen cobertura médica de ninguna especie.
Una revolución similar, más silenciosa pero más importante, está teniendo lugar en Estados Unidos en el ámbito de la educación, cuya falta de calidad es un problema tan serio como el de todo el mundo, con las muy escasas excepciones de los países nórdicos y algunos tigres asiáticos. Hace 20 años comenzó en Estados Unidos un experimento al que muy pocos le auguraban éxito: eran las llamadas charter schools, escuelas financiadas públicamente pero gobernadas en forma independiente de las burocracias educativas locales y de los gremios docentes. Al día de hoy, en Estados Unidos hay 5.600 de esas escuelas y su número y popularidad aumenta sin cesar. Hay muchos que no las miran con buenos ojos porque parece una forma de “privatizar” la educación y, sobre todo, de desligarla del férreo control de los gremios docentes que no solo en Uruguay tienen un enorme poder que no se resignan a perder.
Aunque es prematuro echar las campanas al vuelo, porque los resultados académicos de estas escuelas no son parejos (en algunos lugares funcionan muy bien y en otros no tanto, como señala The Economist en su edición del pasado jueves 5 de julio), se va completando el cuadro de que la independencia directiva, la cercanía de los padres en la gestión y la menor influencia de los gremios docentes, que en todos lados son renuentes al cambio y a la evaluación externa, constituyen los ingredientes de un modelo educativo que puede revertir décadas de decadencia.
En la educación, no se trata de descubrir la piedra filosofal ni de volcar montañas de dinero, sino de aplicar principios que en otras organizaciones funcionan con éxito
Aun en barrios carenciados, con escasos recursos y con alumnos que vienen de familias en problemas, estas escuelas logran resultados que superan los logrados en escuelas públicas en su misma vecindad. Señal de que no se trata de descubrir la piedra filosofal de la educación ni de volcar montañas de dinero, sino de aplicar principios que en otras organizaciones funcionan con éxito. Y entre dichos principios destacan dos: por un lado, la independencia de la gestión de los centros educativos (obviamente con los controles y la supervisión adecuados para asegurar la calidad de la educación que se imparte pero sin ahogar la iniciativa individual con planes universales y burocráticos). Por otro, la cercanía de quienes son los principales interesados en que las escuelas funcionen correctamente: es decir, las familias de los alumnos. Sin que interfieran en el proceso educativo, la presencia cercana de los padres puede ayudar mucho al equipo directivo de la escuela.
La combinación de ambos principios potencia los incentivos a enseñar mejor, a superarse año a año, y a no dejarse envolver en los hilos de la burocracia docente, más interesada en conservar privilegios que en mejorar la educación, pues ello sin duda exige más esfuerzo.
Este ejemplo de modelo escolar que ha comenzado en Estados Unidos, pero que se está extendiendo en el mundo, puede también inspirar a Uruguay, que se ve empantanado en una dramática decadencia educativa de la cual no hay manera de zafar. Entre la falta de buena gestión gubernamental y la resistencia docente, todos los intentos de mejorar la educación pública uruguaya han ido al fracaso excepto la reforma iniciada en la década de 1990 por el profesor Germán Rama con las escuelas de tiempo completo. Con el ejemplo de las charter schools, sabemos que sí es posible mejorar la educación. Mejor dicho, ahora sabemos que si queremos, podemos. Lo que falta es el querer, la voluntad política de cambio. Y esta última solo la podemos generar nosotros mismos. En ningún lado se la regala gratuitamente.




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