Mi primera vez
A veces uno entra a una profesión lentamente, casi sin darse cuenta alimentando una vocación o por descarte. A mi me tocó entrar por una puerta gigantesca
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05
2013
Un día como hoy pero hace 30 años, entregué a ASU (Acción Sindical Uruguaya) una veintena de ampliaciones fotográficas de las imágenes tomadas en la primera gran manifestación pública en dictadura, el acto del 1º de mayo de 1983. Fue el primer trabajo periodístico que vendí.
El evento estaba organizado por el Plenario Intersindical de Trabajadores (PIT), la entidad formada por las “asociaciones laborales”, eufemismo permitido por la dictadura para evitar hablar de sindicatos. Unos meses antes había sido despedido de una fábrica, por firmar en el Ministerio de Trabajo un acta como responsable de una de esas asociaciones. Hasta ese momento, para mí la fotografía era solo una afición. Pero ese 1º de mayo me golpeó tan fuerte que me ligó definitivamente a esta profesión y me marcó como persona.
Los acontecimientos que sucedieron a ese acto en los dos años siguientes fueron tan fuertes como aquella primera manifestación. La visita de “los niños del exilio”, hijos de exiliados que no podían entrar al país, muchos de ellos nacidos en Suecia, España o México que llegaron para conocer Uruguay. También la marcha de los estudiantes organizados en la ASCEEP (Asociación Social y Cultural de Estudiantes de la Enseñanza Pública), que marcharon desde la Universidad hasta el estadio Franzini para realizar allí su propio acto con el pretexto de la “Semana de la Primavera” y el que fuera simbólicamente el más importante, el acto del obelisco, “el río de libertad”, título magistral inventado por Antonio Dabezies para describir aquella foto aérea que fue tapa obligada de todos los diarios y semanarios de la época. Ya más cerca del retorno de la democracia, la liberación de Liber Seregni y el regreso de Wilson Ferreira. Más adelante, la vuelta de Zitarrosa o Los Olimareños con sus correspondientes caravanas. Luego, las elecciones nacionales, la asunción del primer gobierno democrático y la liberación de los presos políticos.
En el exterior también sucedían eventos que eran tan fuertes como los nacionales y tuve la oportunidad de documentarlos. El intento de continuidad de Pinochet con un plebiscito, la última reelección de Alfredo Stroessner, las primeras elecciones libres en Chile y la asunción de Patricio Aylwin. También el triunfo de Carlos Menem en las internas peronistas, las posteriores elecciones argentinas y la toma de mando del riojano.
La década del 80 fue para mí donde todo empezó, pero díganme la verdad: con todo esos eventos, ¿no se hubieran hecho ustedes también reporteros gráficos?
04
2013
Los fotógrafos de prensa siempre tenemos la sensación de estar protegidos. Como periodistas somos mediadores entre la realidad y los lectores-espectadores. Destilamos la información a través de nuestro ojo pero en general, separamos nuestra vida personal de la acción documental de la noticia. Puertas afuera de nuestras casas nos sentimos, de algún modo protegidos de esa realidad exterior por ese artefacto que ponemos como filtro, nuestra cámara. Así pasamos en pocas horas del drama de un accidente con víctimas mortales a una entrevista con un embajador y de ahí a una empresa de creación de software y terminamos nuestra jornada en un frigorífico.
Puertas adentro, en nuestra vida personal tomamos fotos en general anodinas, exentas de dramatismo. Documentamos el crecimiento de nuestros hijos, las vacaciones en familia, el viaje esperado.
Raramente los dramas personales son recordados por los reporteros gráficos en imágenes.
Tal vez por todo esto un trabajo del fotógrafo norteamericano Angelo Merendino me pegó tan fuerte. Es una crónica en imágenes del calvario que pasó su esposa Jennifer golpeada por un cáncer, que va de la felicidad de la pareja hasta la muerte de ella en un viaje en imágenes, conmovedor por su contenido documental pero que Merendino tal vez no pudiendo contener su ojo, lo carga con un sentido estético impresionante.
Jennifer fue diagnosticada de cáncer de mama a los cinco meses de estar casados y la pelea duró cinco años. Las fotografías en un principio fueron tomadas solo para ser mostradas a la familia pero Jennifer antes de morir le pidió a su esposo que las compartiera. Angelo las publicó en Facebook y en la página “My Wife’s Fight With Breast Cancer” para que el resto del mundo pudiera entender el cáncer y compartir algunos de los momentos que vivió en ese período con la mujer amada.
“Mis fotografías muestran la vida cotidiana. Ellas humanizan el rostro de cáncer, en la cara de mi esposa. Muestran el reto, la dificultad, el miedo, la tristeza y la soledad que enfrentamos, que Jennifer enfrentó, mientras luchaba con esta enfermedad. Pero lo más importante de todo, mostrar nuestro amor" dice Merendino. Y agrega "Lamentablemente, la mayoría de la gente no quiere escuchar estas realidades y en cierto punto sentimos nuestro apoyo desvaneciendo. Otros sobrevivientes de cáncer comparten esta pérdida. La gente asume que el tratamiento te hace mejor, que las cosas se hacen bien, que la vida vuelve a la “normalidad”. Sin embargo, no existe una persona normal con cáncer en la tierra. Los sobrevivientes de cáncer tienen que definir un nuevo sentido de la normalidad, con frecuencia diaria. ¿Y cómo pueden los demás comprender lo que teníamos que vivir todos los días?".
Gracias a M. Decaux.
03
2013
Primero pongámonos de acuerdo para después disentir. La fotografía siempre es subjetiva. La realidad no tiene “marcos” y nosotros elegimos una fracción de ella para encuadrarla en la ventana del ocular de nuestra cámara. Es tridimensional y nosotros la hacemos bidimensional. Es en colores y nosotros elegimos para dramatizar la imagen y destacar las formas, pasarla a blanco y negro o lo que puede ser igual de objetable alterar los claro-obscuros, la intensidad por sectores, desenfocar ciertas zonas para crear una imagen distante de la foto inicial. Cuando la foto es conceptual (como oposición a lo documental) no hay demasiado cuestionamiento. Después de todo ella puede ser realizada seguramente por un artista plástico que utiliza la cámara como herramienta creativa. Pero cuando la fotografía es una representación de la realidad, en definitiva un documento, todas las alteraciones que realicemos y cuanto más nos alejemos de aquella toma genera inmediatamente defensores y detractores.
El fotógrafo mexicano Pedro Mayer, fundador del primer gran sitio comunitario de fotografía en las américas, www.zonezero.com , trabaja hace más de 20 años en fotografía digital. El defiende como parte de la realidad incluso los montajes, lo que lo ha enfrentado a la comunidad del fotoperiodismo y él para defenderse recurre en parte a los argumentos con los que empecé este post, la subjetividad implícita en la fotografía.
Pero entonces, ¿los periodistas gráficos no pueden ser objetivos? No. Son tan subjetivos como lo es todo el resto del periodismo. Lo que sí pueden ser es imparciales, honestos, informados para actuar con el máximo posible de equidad al manejar la información que trasformarán en imágenes. Igual que el resto del periodismo. El compromiso de todos modos puede ser mayor. Una foto puede convertirse en un editorial si al llegar a la mesa del editor fotográfico no es elegida correctamente.
Volviendo a la alteración en las fotografías documentales sucede que, cuanto más cruda sea la imagen parecería que si está demasiado perfecta se aleja del dramatismo que quiere transmitir. Susan Sontag en su libro Por el dolor de los demás dice que: “En la fotografía de atrocidades la gente quiere el peso del testimonio sin la mácula del arte, lo cual se iguala a insinceridad o mera estratagema. Las fotos de acontecimientos infernales parecen más auténticas cuando no tienen el aspecto que resulta de una iluminación y composición «adecuadas», bien porque el fotógrafo es un aficionado o bien porque -es igualmente útil- ha adoptado alguno de los diversos estilos antiartísticos consabidos. Al volar bajo, en sentido artístico, se cree que en tales fotos hay menos manipulación -casi todas las imágenes de sufrimiento que alcanzan gran difusión están en la actualidad bajo esa sospecha- y es menos probable que muevan a la compasión fácil o a la identificación.”.
Un fotógrafo amigo me contó que trabajando con paparazzis en Punta del Este un colega argentino le había dado como consejo que si la foto le iba a salir demasiado perfecta moviera en la toma la cámara a propósito.
El mayor concurso de fotografía de prensa del mundo, World Press Photo, en sus premiaciones ha ido desde un lado hacia el otro. En 2007 ganó una foto tomada en Irak por el recientemente fallecido en Siria, Tim Hetherington, de un soldado norteamericano cuya imagen parece un cuadro de video de mala calidad. Está ligeramente movida, los colores son pálidos, la composición no es perfecta. Lo único que se rescata es el desasosiego en el rostro del soldado. Y su soledad.
En cambio la foto del fotógrafo sueco Paul Hansen que acompaña este post es el premio World Press Photo 2013. No solo la composición es perfecta. El fotógrafo además trabajó sobre cada porción de la foto creando una iluminación nueva en la escena.
¿Y esta imagen así procesada es documental? ¿Me aleja del impacto, del drama de estos dos niños muertos y del dolor de la multitud? Creo que no. Aquí no hay montajes, no hay rostros agregados y gestos que no estuvieran en el lugar. No puedo dejar de sacudirme por esa consecuencia diaria del conflicto de Medio Oriente. Lamentablemente estamos (demasiado) acostumbrados a ver niños palestinos muertos. Pero esta foto me mueve hacia un lugar diferente. Me obliga a prestar atención. Me conmueve.
Lo he dicho muchas veces tanto en este blog como en www.lafotoencuestion.blogspot.com , estamos en una revolución, la digital, todo está en movimiento y es muy difícil que podamos establecer parámetros para nuestro trabajo que sean permanentes. Todo está en discusión. Supongo que de esto se trata este espacio.
03
2013
¿Cuál es la función de los elementos de la tapa de un diario de venta pública? Que tanto el título principal como la foto seduzcan nuevos lectores todos los días. Diría un viejo periodista "que tome a los transeuntes de la corbata y los oblige a acercarse al quiosco a comprar ese diario". Por eso es que todos esos elementos se piensan, se elaboran, se discuten en ámbitos como la reunión de editores de los diarios, donde cada responsable de área lleva lo mejor que tiene para ofrecer.
A veces pasa mucho tiempo antes que un gran suceso ponga a prueba todo el sistema.
El miércoles 13 la gran noticia fue el anuncio y la primera presentación pública del papa Francisco.
Usualmente las agencias informativas frente a un gran evento internacional envían a sus clientes miles de imágenes que obligan a los editores fotográficos de los medios a un trabajo de selección que puede llevar horas. En este caso concreto llegaron unas 2000 fotos.
En El Observador luego de revisarlas todas nos quedamos con 54. Pero a su vez de éstas debíamos seleccionar LA foto. Aquella que representara lo más posible al recién elegido. La foto que finalmente fue elegida para la tapa no es una imagen de muy buena calidad, está ligeramente desenfocada o movida porque la plaza San Pedro es grande, el famoso balcón está lejos y era de noche. Pero de todos modos está llena de elementos simbólicos. La sonrisa, el atuendo que pudiendo estar lleno de ornamentos propios de su investidura es de una sencillez que habla del personaje y finalmente el que en la imagen esté solo, en representación del lugar en que lo sitúa el poder y la responsabilidad que el papado implica.
Si pensamos en aquellas más de 2000 fotografías iniciales deberíamos suponer que podrían haber varias opciones que permitieran esa lectura. Pero no.
Las dos fotos que El Observador usó para las tapas del suplemento especial y para la tapa del diario son las imágenes por las que optaron para su tapa la mayoría de diarios alrededor del mundo. El caso tal vez más extremo sea el de Argentina donde los dos diarios de mayor circulación Clarín y La Nación tienen exactamente la misma foto.
12
2012
Los fotógrafos profesionales somos voyeurs, es decir en cierta forma espiamos la vida de los demás, en general con la aceptación de las personas, poniendo nuestra cámara como defensa entre la realidad, a veces dura, cruel, dándonos la posibilidad de captar momentos críticos, irrepetibles con la tranquilidad del que se siente protegido. A veces esta aparente defensa no funciona y mueren fotógrafos o camarógrafos en guerras, o reporteros gráficos se congelan ante una realidad brutal que los golpea y no consiguen la tan deseada foto que hubiera implicado el reconocimiento a su profesionalismo. Unas pocas veces sucede que el mismo fotógrafo siente que su propia historia es interesante como para ser contada. Ese es el caso de la norteamericana Julia Kozerski que, luego de bajar de 170 kilos a 73 decidió tomar su cuerpo transformado en el foco de su propia cámara para contar en una serie de desnudos como cambió.
Este viaje comenzó para esta joven mujer de 28 años en diciembre de 2009, cuatro meses después de su casamiento “La balanza decía ‘170’. Ahí decidí bajar de peso, de una manera autodirigida y saludable”, cuenta Kozerski a entremujeres.com, el blog del diario argentino Clarín. Casi sin querer comenzó con una serie de fotos que eran solo para ella. Dentro de un vestidor cada vez que iba a comprarse ropa se tomaba una foto con su teléfono como forma de registrar sus cambios.
Basta ver cómo fue cambiando su cara de foto en foto para percibir el orgullo que los cambios le iban provocando. En ese mismo reportaje Julia habla sobre el papel que aquellas imágenes jugaron para tratar de entender quién era esa mujer en la que se estaba convirtiendo. Al finalizar tenía más de 200 imágenes y de la edición de las mismas surgió sus serie "Changing room" .
Luego llegó la idea de "Half" una serie donde Kozerski decide fotografiarse ella misma desnuda, fuera de la protección de la estética publicitaria a la que estamos acostumbrados pero usando sus mismos recursos.
Las estrías, los pliegues de piel vacía y esa exposición pública, ese compartir parece liberar a la fotógrafa "Percibí que la historia que contaba a través de mis imágenes no se trataba sólo de mí, sino de la experiencia humana en general" dice. Y termina explicando que esta lucha no es solo sobre sus propios miedos es "sobre el éxito y el fracaso, sobre la identidad perdida y encontrada, sobre la aceptación de los demás y sobre el amor propio”.
En una época de imágenes a veces mentirosas, de mujeres perfectas ayudadas digitalmente y de pautas de belleza exhibidas impúdicamente al lado de publicidad de comida chatarra es bueno ver personas capaces de mostrar que son hermosas como son y que tienen miedos parecidos a los del resto. Me enorgullece que además, ella sea fotógrafa.
Armando Sartorotti es editor gráfico de El Observador. Es fotógrafo desde hace 30 añós y docente desde 2000 de la Universidad ORT. @sarto1956
Un blog sobre las miradas al mundo y a la gente a través de un lente. Hecho por el equipo de fotografía de El Observador
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