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2012

Las señales en vivo

Los conciertos en vivo dicen muchas más cosas que las que pensamos acerca de una banda. El reciente Parklive de Blur demuestra eso como ningún otro disco editado este año.

Para cuando estas lineas estén arriba, ya habrá pasado la maratónica serie de conciertos en la que No Te Va Gustar se reencontró con su público local en La Trastienda montevideana. Tras una seguidilla reseñada como catártica en algunos casos y reanimadora en otros para un grupo de músicos a los que probablemente nada les hace mejor que tocar, el grupo encara ahora la edición de un nuevo trabajo comprobando que todo sigue igual, aunque nada sea igual.

Este es apenas uno de los enfoques que explican por qué son tan importantes los conciertos. De alguna manera, en ellos es posible encontrar muchas de las sensaciones que rodean a la banda. Por ejemplo, no es difícil percibir la estabilidad del grupo de músicos que conforma hoy a Buitres o los frecuentes cortocircuitos de Traidores, por mencionar dos ejemplos en los extremos. La historia está llena también de recitales en los que se olfateaba en el ambiente que un grupo estaba a punto de desintegrarse. O por el contrario, existen aquellos cuya sensación (palpable allí mismo) es la de que lo que está pasando frente al espectador es un auténtico mojón para un grupo. Aquellos conciertos en Don Bosco de La Trampa, hace ya casi 10 años, seguramente permitieron ver a cualquiera que haya asistido que ante ellos estaba despertando un monstruo rockero definitivo y de alcance masivo.

Los conciertos nos dan un segundo nivel de acercamiento al artista en lo que podría establecerse como una relación de tres. Si el primero y obvio son las canciones grabadas que llegan por las vías que sean (radio, internet, TV) y el tercero son las apariciones mediáticas de los artistas en entrevistas o blogs o su comportamiento en las redes sociales, el segundo paso es el concierto en vivo. Si la energía acompaña al concierto que está siendo grabado para un disco, el resultado puede ser una obra a la altura de cualquiera de los discos de estudio de ese artista.

Blur, aquella banda inglesa que en los años 90 tuvo esa tan apasionante como estúpida pelea dialéctica con Oasis por el "cetro" del planeta Britpop, presentó hace algunas semanas uno de esos discos en vivo en los que algo se activa. Era la misma noche en la que la llama olímpica se había apagado a unos kilómetros de Hyde Park, el Prado más importante para la historia del rock.

Es difícil precisar un concepto como "energía". Es de esas típicas palabras "cajón", en las que un término puede querer decir muchas cosas y el lector no tiene cómo entender a qué estamos haciendo referencia. Generalmente, cuando los periodistas que hacemos una reseña utilizamos palabras como "bueno", "malo", "aburrido" o "enérgico", o estamos apurados o no tenemos ganas de escribir sobre lo que pasó en un concierto. O fuimos demasiado perezosos a la hora de verlo. En el caso de este registro de Blur son muchos los adjetivos que definen a la energía que se percibe en el ambiente y que se palpa en el registro. Agridulce quizá es uno que se puede utilizar, a riesgo de que no sea ni de cerca el más certero. 

Desde que empezó el año, Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree no han hecho más que volver bipolar el estado de ánimo de los fanáticos del grupo que integran. Tras un reencuentro después de casi 8 años de negaciones y peleas en principio insalvables, Blur se reunió en 2008. Sus músicos, todos ya vinculados a otros proyectos personales, recompusieron y se amigaron como si hubieran vuelto a 1994, cosa que queda clara en el documental que registra ese encuentro, No distance left to run. Pero desde entonces, han ido y venido con la posibilidad de terminar con la banda, una vez consumado el reencuentro y pasada la moda del revival. El año pasado editaron el sencillo Fool´s Day. Este año, anunciaron que volverían a lo grande a regalarle un gran concierto a Londres -la ciudad que ha sido su musa- tras los Juegos Olímpicos. Sin embargo, en las entrevistas previas y en un par de grabaciones sobre una azotea, Albarn deslizó que la fiesta de Hyde Park sería la última. Días después dijo al mismo diario (The Guardian), que todos los días cambia de parecer sobre todas las cosas, dejando así la puerta entreabierta. Una historia conocida y repetida, vamos.

Lo cierto es que ese ánimo -la posibilidad de que la banda se separe, de que las canciones suenen por última vez, por lo menos hasta dentro de varios años- impregna junto al fin de fiesta olímpico las sensaciones de un show ante más de 100.000 personas que apenas a 24 horas de sucedido se puso a la venta con el nombre Parklive, a través de iTunes (ahora se compra la descarga desde cualquier parte del mundo pinchando aquí). 

Parklive es un disco que desnuda todas las cosas que hacen de Blur una banda esencial. Un dominio del pop rock inquieto como pocas, una capacidad para pisar el acelerador y la distorsión en plan punk que no pierde ni efecto ni sofisticación. Una sección rítmica que trabaja ajustada, sutil. Y unas melodías que acompañan al mejor escenario para hacer canciones: Londres. No me pregunte esto porque no sé explicarlo, pero desde los años noventa, mi primera y única forma de conocer Londres y la idiosincracia británica fueron las canciones de Blur. A mí no me pueden venir con Beatles y Stones o con los punks porque esa Inglaterra es de antes de que yo fuera siquiera una idea.

También dice el crítico y pensador argentino Daniel Molina (estuvo en TEDx Montevideo este año) que el arte relevante es el que anticipa la sensibilidad de una sociedad o de una generación. En 1999, Blur hablaba de alienación y abatimiento en una canción pegadiza como pocas.

Todo eso, potenciado en canciones que se vuelven himnos -los ingleses son mejores en eso que fabricando cerveza, y ya eso es decir mucho- confluyen en este registro que está lleno de puntos altos: la vigente modernidad electrónica de Girls and Boys, el costumbrismo de London Loves vuelto material de pogo, la furia de Song 2 y la divinidad de Tender, momento en el que es imposible no seguir los "oh my baby" que suelta el guitarrista Graham Coxon de fondo. No lo es para la gente que estuvo en Hyde Park, mucho menos para quien escucha el disco, que tiene un sonido al parecer bastante más limpio que el del propio concierto.

Una de las canciones que cierra el disco doble se llama Under the Westway y fue compuesta intentando retratar el estado de resaca inmediato a la clausura de los Juegos. En ella Blur vuelve a captar esa irresistible melancolía que desprende una ciudad a la que los fanáticos del rock están vinculados irremediablemente. Esa capacidad para escribir y tocar ese tipo de fibras internas, de sensaciones difíciles de disecar con palabras, es uno de los tantos motivos que hacen pensar en que sería algo más que una pena que esta haya sido su triunfal despedida. No ahora. No así. No sin antes pasar cerca del Río de la Plata.

 

 

Nota: sin haber conseguido videos oficiales aún de Parklive (el DVD se lanza en noviembre) comparto uno del encuentro del grupo en 2008, en el mismo lugar.

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