Primero fue la cocina a gas. Luego la heladera eléctrica. Después la aspiradora, la plancha, el lavarropas. Cada una de estas tecnologías, desde fines del siglo XIX hasta bien entrado el siglo XX, fue recibida con entusiasmo. Se celebraban en revistas, ferias y publicidades como avances que vendrían a liberar a la familia -y en particular a la mujer- de las tareas más pesadas del hogar. Ruth Schwartz Cowan, una historiadora estadounidense, escribió en 1983 un libro que puso todo eso en duda: More Work for Mother. En él documentó cómo estas tecnologías no liberaron a nadie, sino que, paradójicamente, hicieron que el trabajo doméstico recayera más fuertemente sobre las mujeres. Antes, cocinar implicaba a toda la familia: había que ir a buscar leña, mantener el fuego, lavar los platos en el patio, cargar agua. Después, todo eso se volvió "más fácil", pero también "más exigente" y "más limpio", con mayores estándares. La tarea que antes se hacía entre varios pasó a ser responsabilidad exclusiva de la madre. Y se volvió constante. Más lavados, más platos limpios, más pisos brillantes.
Durante décadas, esa lógica se repitió: cada nuevo invento venía con la promesa de descanso, y traía nuevas exigencias. Cuando apareció el microondas, se creyó que sería el fin de la cocina. Fue el comienzo de las comidas en porciones individuales, de más opciones, más combinaciones, más platos distintos. Lo mismo con el lavavajillas, que convirtió la limpieza en una carrera de carga y descarga diaria. Siempre se creyó que la tecnología venía a ayudar. En los hechos, multiplicaba tareas, subía la vara, e individualizaba el esfuerzo.
Hoy, muchos miran a la inteligencia artificial con esa misma lógica. La ven como "una más". Una ayuda. Como si fuera un nuevo lavarropas, una nueva planilla de Excel. Algo que permitirá hacer lo mismo, pero un poco más rápido. Sin embargo, la IA no es una herramienta que acompaña a la persona: es una entidad que la reemplaza. No es que ayuda a contestar un mail: lo redacta, lo envía, lo adapta. No es que genera ideas para una clase: da la clase entera. No ofrece sugerencias para una campaña: diseña, produce, analiza métricas y ajusta, sin pausa y sin ayuda. Y a diferencia de todo lo anterior, no necesita una mano humana que la active. Aprende sola, mejora sola, corrige sola.
Por eso esta vez no se trata de "más trabajo para alguien". No es como con la madre de Cowan, que recibió una aspiradora y terminó limpiando todos los días. Esta vez no hay nadie que tenga que limpiar más. No se eleva la vara para el humano: se saca directamente al humano del juego.
La inteligencia artificial no es una alternativa al trabajo: es el fin del trabajo como lo conocíamos. No reemplaza tareas, reemplaza personas. No hace más fácil la tarea, la hace innecesaria. Por eso esta revolución no es como las anteriores. Esta vez, de verdad, ya está.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.