Esas carpetas que después fueron libro tenían cuentos escritos arriba de ómnibus. En los 40 o 50 minutos de regreso a su casa desde la imprenta donde trabajaba, Alcuri anotaba ideas en blocs. Algunas se convertían en textos (relativamente) más extensos. Siempre escritos a mano.
Ignacio Alcuri
Foto: Leonardo Carreño
Alcuri, que una vez se agarró tendinitis por escribir una novela mientras caminaba en unos blocs de notas no demasiado firmes, sigue escribiendo a mano. Tiene, también, un buen puñado de proyectos literarios por delante. Pero ahora vuelve a su pasado, a su inicio literario, al 2003, para hablar del “incel casual” que se salvó de ese destino, del muchacho resentido que escuchaba Astroboy y aprovechaba cualquier tiempo muerto para sacar un cuento nuevo, por lo general de unas pocas páginas. Así fueran diez minutos.
¿Escribir en períodos cortos de tiempo te ayudaba a la brevedad?
No sé qué fue primero, si el huevo breve o la gallina breve. Siempre me gustó el cuento y siempre me encontré cómodo. Supongo que era una cosa más como de ese zapping que hacía de la vida. Se reflejaba en lo que escribía. Era más como un proceso mental, no necesariamente de déficit de atención, que ahora lo tenemos todos, pero yo en ese momento no lo tenía. Aparecían chispazos. Y por haber leído a Quiroga de niño, a Asimov, a Maslíah, no me molestó nunca que se terminara rápido la historia. Si eran tres renglones, eran tres renglones.
De alguna forma fuiste adelantado a la época, porque ahora lo breve funciona.
Sí, las redes sociales trajeron esos disparos breves de creatividad, de ingenio, de imaginación. Maslíah tiene un montón de cuentos que son de una página, no puedo dejar de nombrarlo como referencia de casi todo. Entre eso y que yo los compartía entre mi gente así nomás, tenía todas las libertades de extensión. Uno siempre piensa en libertad de extensión para arriba, pero también están buenísimas las libertades de extensión para abajo.
¿Cómo elegías qué llevar a un cuento?
En algún momento empecé a anotar esos disparos, esos chispazos en la última página en cada bloc que tenía. Y después, cuando tenía un tiempo, volvía. Si estoy saliendo al aire en la radio no se me va a ocurrir una historia para un cuento, pero si estoy trabajando para el diario o escribiendo una columna o viajando en el ómnibus, por lo general siempre tengo un bloc al lado y anoto lo que aparece. Cuando trabajaba en la imprenta de repente tenía tiempos muertos, y bueno, eran cosas que se escriben en cinco o diez minutos. Hay un proceso interno que hace que cuando sale el cuento ya está escrito en el cerebro, entonces es muy rápida la escritura. Si aparece una idea, una imagen, la anoto, pero son tan cortos mis cuentos que por lo general te aparece todo junto, si te aparece el final, vas un poquito para atrás y listo.
Ignacio Alcuri
Foto: Leonardo Carreño
¿Cómo fue la decisión de volver a editar Sobredosis Pop? No es un aniversario, por ejemplo.
Se me pasó. Cuando fueron los 20 años, en 2023, me quedé con ganas de hacer algo, en un momento pensé en una edición con dibujos, tengo muchos amigos dibujantes que me podían ayudar ilustrando algunos de los cuentos, una versión con tapa dura, me quedé soñando con esas cosas, pero no pasó, y después me fui quedando con ganas de que hubiera alguna reedición. Tengo como diez libros de cuentos y obviamente están descatalogados o agotados, algunos porque se vendieron, otros porque no se vendieron y los prendieron fuego para liberar espacio. Estaba con esa idea y ya estaba conversando con Penguin, con la editorial que los había editado todos y reeditado los dos primeros, a ver si les interesaba. Y estaba claro que no es negocio para una editorial inmensa, gigantesca, que me tiene ahí como parte del mobiliario porque llegué hace 20 años. De casualidad, en medio de eso me cruzo en la Feria del Libro con Camilo Baráibar de Ocho Ojos, y me pide para charlar un rato. Y ahí en el atrio de la Intendencia me cuenta esta idea, y a los pocos días, con el panorama más claro, y el permiso correcto, empezamos a armar esto, fue todo muy rápido.
¿Esas ganas de reeditar Sobredosis pop venían porque es el primero, por lo que significa para vos el libro, que es hasta tu nombre de usuario en redes?
Yo quería ir reeditando lo que fuera. Camilo me habló del primero por la importancia que tuvo, que además es una importancia que recién en los últimos años empecé a notar, a encontrar que a mucha gente le había llegado. En un momento sabía que algo había logrado porque fueron cuatro ediciones de autor y un par de ediciones de bolsillo de Penguin, pero puntualmente en esa cosa que es más cualitativa que no importa cuántos son, de la importancia que había tenido encontrarse con ese libro en ese momento, para mí era buenísimo. Entiendo perfectamente que es un libro que no es fundacional, pero sí importante dentro de una época poscrisis, con muchísimas menos editoriales y con muchos menos libros editados. Había un caldo de cultivo mezclado con agujero negro y cuando pasó el libro cerca, fue absorbido.
La crisis, el pop y la vuelta a 2003
Ahora que traés ese momento, el 2003, con el país en medio de una situación económica muy compleja, pasó con los libros, con la música, hasta con el cine, como una especie de efervescencia. Dentro de una situación horrenda se da algo muy fermental. ¿Lo recordás así?
Entre 2003 y 2004 se dio eso, sí. En 2003 que salen mi primer y segundo libro, salen el primer y segundo disco de Astroboy, estaba Dani Umpi, Max Capote, la movida del boliche Pachamama. El impacto simbólico creo que estuvo, pero el notable, el de los escombros que deja la explosión, capaz que fue menor. Pero bueno, uno no lo hace para cambiar el mundo, lo hace para cambiarse a sí mismo. Pero era una época fundamental, sobre todo por esa cosa más pop, que en la música pasaba con el britpop, con Dani Umpi ni que hablar, pero sobre todo por cambiar esa cosa de que lo under era lo único auténtico. Había gente que decía “yo hago esto, me gusta, cuanto más gente lo lea, cuanto más gente lo escuche, para mí mejor”. Hay veces que no te escuchan, no te ven, pero en otras es como que preferís pasar desapercibido. Yo paso desapercibido igual, pero lo que quería era que mis libros llegaran y por eso me propuse autoeditar en 2003, porque estaba repartiendo la carpetita a mis amigos, le agregaba más cuentos, volvía a repartir, y ¿por qué no pensar en que estuviera en librerías?
Ignacio Alcuri
Foto: Leonardo Carreño
¿Volviste a leer el libro ahora?
No tuve más remedio. Para corregir y pulir, más allá de que la idea era que quedara lo más parecido al original. Lo primero que noté fue la agilidad con la que lo leí, o sea, sigue corriendo bien. Y después reconozco al Nacho de 20, 22 años. El primer cuento lo escribí con 17, los últimos con 22, 23. Me encanta lo lejano que está, por supuesto, me encanta que el resentimiento se haya ido hace un montón de años, me encanta que el humor se haya afinado otro montón, pero no puedo dejar de que me guste como producto de aquel momento y además porque hay muchos de los cuentos que me siguen gustando hoy.
Eso me llamó la atención. Esa versión más oscura, si se quiere, o incluso más violenta también en comparación a tus libros más recientes.
Ahora que están hablando de los incels, no es que estuve cerca, pero tenía muchos números comprados para terminar en eso, y ahí es donde te das cuenta de la diferencia que puede marcar lo que pasa en el seno familiar, es fundamental el cómo te criaron. Pero evidentemente cuando te fijás las características que tienen estos dementes, yo compartí un montón, no sé si todo, pero un montón.
No sé si pasó en aquel momento, pero también tiene algo más contestatario, más agresivo. Capaz en 2003 lo leía alguien un poco más pacato y se escandalizaba.
Eso sin duda. El principal miedo que tenía con el libro eran las malas palabras. De hecho yo termino editándolo en Cauce porque un amigo estaba trabajando en una librería y me presta Piedad para los idiotas de Juan Andrés Ferreira, que tenía malas palabras. Además el libro estaba buenísimo, pero cuando me encontré con las malas palabras dije “tengo que hablar con esta editorial, porque si se animó a publicar este libro, por lo menos las malas palabras no van a ser la tranca”. Me parece una cosa súper infantil a la distancia, pero en aquel momento había una cosa mucho más conservadora. En ese sentido nunca tuve un solo comentario. Tampoco es que haya tenido tantos comentarios, pero en casa no me dijeron nada. Seguramente no les gustó que tuviera muchas malas palabras, pero ahora me escuchan en la radio y digo cualquier cosa.
El humor en los medios uruguayos: "Hay menos solemnidad"
Como alguien que hace humor, que lo incluye en sus libros, en su trabajo en medios, ¿cómo ves el panorama en Uruguay? ¿Tiene su lugar?
Creo que la radio sigue siendo el espacio, porque el humor en televisión es una apuesta más grande. Incluso si hacés un programa barato lo que tenés que invertir es mayor, entonces tiene que haber mucha más gente mirando, y cada vez hay menos gente viendo televisión abierta. Entonces quedan allí esas cosas que Netflix no puede imitar: los programas de concursos uruguayos, las noticias uruguayas. Hasta que Netflix haga un noticiero uruguayo y los canales bajen la cortina. Y en la literatura es difícil de encontrar porque en las librerías no está la categoría humor, está mezclado, entonces seguro hay más de lo que uno piensa.
Y en los medios, ¿qué pasa con el humor? ¿Son menos solemnes que antes?
Hay mucha menos solemnidad. Leés los diarios y no es que sean espacios humorísticos, pero se permite mucho más. Obvio que en los espacios correctos, en política o economía no lo vas a ver, o capaz está pero con otra forma. Y para mí es mucho más importante la pérdida de la solemnidad, que va de la mano con terminar de abrazar la laicidad y el ateísmo del Uruguay, que es lo que nos está salvando de un montón de cosas. Eso y que para ganar las elecciones hay que buscar los votos del centro. Que siga así para siempre, por favor, porque es lo que está rompiendo al resto del mundo. A mí lo que me gusta escribir es eso, ver a quién puedo hacerle cosquillas, si a la iglesia, a las instituciones, al estado burocrático, lo que sea. Dentro de los límites sanos del respeto y de la creencia en la democracia, porque justamente una democracia es mucho más firme cuando podemos hacer estas cosas.
El parricidio y el resentimiento
En una entrevista con Montevideo Portal en 2005 hablabas de los tótems de la literatura uruguaya: Galeano, Benedetti. Decías: “tengo la percepción de que son esas cosas del Uruguay que anclan, que son intocables, como si con ellos hubiera terminado la literatura”. ¿Nos los pudimos sacar de encima?
En aquél momento estaban vivos todavía, entonces pesaban mucho más. Había que perder eso, pero ni siquiera lo considero como parricidio. Creo que parricidio no cometí ninguno, sino tendría que hacerle una zancadilla a Leo Maslíah la próxima vez que me lo cruce. Pero sí se necesitaba que hubiera otras cosas. Si mirás el libro de fotografías de escritores Narrativa Nativa, te das cuenta que en un momento se pega un salto generacional. El libro va por el orden de publicación del primer libro, y yo estoy mezclado con gente que tiene 15 años más que yo. En un momento empiezan a aparecer todas las nuevas voces, que tiene que ver también con que aparecieron editoriales nuevas, surgieron otras opciones, el mercado editorial se abrió y permitió que convivieran esas novedades con Benedetti y Galeano en las librerías, que está bárbaro que sigan estando. Ni que hablar con las generaciones que vinieron después que la mía, me pone muy contento que haya tantas cosas para experimentar. Capaz en aquel momento mi reacción contra ellos era más fuerte porque uno era más resentido y porque era lo que había y uno quería más cosas, que ahora podés tener.
¿Qué pasó con ese resentimiento? ¿A dónde fue? ¿Cómo se fue?
Con terapia, ni qué hablar. Arranqué a principios de 2005, fui unos años y he vuelto cuando ha sido necesario. Pero creo que eso ha sido una gran parte. Todo suma, ¿no? La terapia, ni que hablar; conocer y crear vínculos con personas que tienen una forma de pensar vinculada a lo creativo, a lo artístico, haber hecho grupos de trabajo como los de Justicia Infinita, Los Informantes, sumado a los amigos que mantengo del liceo. Todo eso ayudó a que ese incel casual desapareciera y con todo un montón de dificultades se fuera desarrollando la vida afectiva, con 18 mil tropezones, muy recientes incluso. Creo que hay una maduración lógica de toda la gente que me rodea también. Ni que hablar de todo lo que seguí leyendo, lo que seguí escribiendo, es como una combinación de factores.
Me acuerdo de una cosa fundamental, y que tiene que ver con la terapia, y creo que es la más importante, que es, “voy a buscar solucionar ciertos problemas y otras cosas mías que no me gustan. Si eso hace que escriba menos, no me importa”. Porque a mí lo que me pasaba era que cuando estaba medio bajón me inspiraba mucho. Y en un momento empecé a sospechar que no es que me bajoneaba a propósito, pero cuando estaba bajoneado, como lo aprovechaba creativamente, no hacía mucho para salir de ese bajón. Darme cuenta de eso para mí fue el momento más importante. Porque escribir era lo que me gustaba, y además ya me había abierto algunas puertas. ¿Viste el meme del dominó? Sobredosis Pop es la pieza minúscula de todo lo que vino después, pero haber tenido ese pensamiento de “aunque deje de escribir prefiero estar mejor”, fue fundamental.
¿Ahora escribís menos?
Tuve momentos. Por lo general me reparto entre tres patas que son mirar televisión, leer y escribir. Tenés que elegir dos siempre. Por lo general estoy mirando mucha televisión. En enero, por ejemplo, estuve leyendo un montón y escribiendo un montón pero hace un par de meses me estaba quejando de que estaba escribiendo poco. Ahora estoy en dos proyectos de libros que capaz los termino este año, tres libros de cuentos que están terminados y un cuarto libro casi terminado. Estoy escribiendo poco para los libros de cuentos, pero más de otras cosas, como un libro sobre el álbum 5 estrellas de Astroboy para la colección Discos. Entonces estuve leyendo muchos libros objeto, cosas así. Pero estoy escribiendo casi todos los días, y buscando ideas nuevas también.