Los elogios que por estas horas le prodigan sus amigos y correligionarios seguramente son sinceros y le hacen honor a la figura de Juan Andrés Ramírez, muerto este miércoles a los 78 años, quien tuvo un tránsito más polémico que destacado por la vida política del Uruguay. Pero los halagos por su “compromiso y dedicación”, por su “huella imborrable”, y por su “rectitud y sabiduría”, no pueden ser obstáculo para recordar que buena parte de sus correligionarios le dieron la espalda en una circunstancia aciaga del Partido Nacional y muchos lo recuerdan como el principal responsable de una fractura interna que golpeó fuerte a la colectividad de Oribe.
Tras una destacada militancia contra la dictadura y luego de haber ejercido el ministerio del Interior durante el gobierno de Luis Lacalle Herrera, este lo eligió como su candidato en las elecciones de 1994 en la que fue derrotado por el Partido Colorado. Después llegó la verdadera debacle. Sobre el gobierno de Lacalle comenzaron a caer diversas denuncias de corrupción –que el expresidente tildó de “embestida baguala”- y la Justicia determinó el procesamiento de varios funcionarios lacallistas. Entonces, Ramírez resolvió enfrentar a su antiguo aliado en las internas partidarias y una noche de abril, ante las cámaras de televisión del programa Agenda Confidencial de Canal 12, acusó a Lacalle de enriquecerse ilícitamente y, papeles en mano, le exigió que explicara de donde había salido el dinero con el que aumentó su patrimonio.
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Juan Andrés Ramírez
Camilo dos Santos
Ramírez llegó a decir que si Lacalle Herrera era elegido candidato, no descartaba votar al Frente Amplio en un balotaje. La interna blanca se prendió fuego y la mayoría de los votantes se pusieron del lado del expresidente, quien derrotó a Ramírez por una clara diferencia. Pero el cimbronazo fue tan sonoro que en las elecciones generales los blancos recogieron una de las peores votaciones de su historia y Lacalle Herrera quedó afuera de la segunda vuelta.
Desde entonces, Ramírez se convirtió en una figura ambigua para los blancos, dividiendo a quienes le reconocían la valentía de haberse animado a señalar lo que creía que no podía ser ocultado, y quienes lo acusaban de haberse regido por apetitos electoralistas y de sumir al partido en una crisis casi sin precedentes. Desde entonces, los blancos se referían al “efecto Ramírez” cuando advertían sobre la necesidad de mantener la unidad partidaria para enfrentar a sus rivales.
El hombre que le dio nombre a esa advertencia, pasó a ocupar un segundo plano en la actividad política apoyando particularmente a Jorge Larrañaga y participando de los actos que recuerdan las gestas de su colectividad. Se dedicó a la docencia de Derecho Civil y fue decano de la Facultad de Derecho.
Ramírez era un tipo llano y frontal, los vicios del resto de los políticos parecían resultarles ajenos. En su campaña electoral como candidato, muchas veces tuvo que enfrentar a allegados que le pedían que se ajustara a las reglas de juego de quienes aspiran al poder. Como ejemplo, pude escuchar durante una gira por Flores cómo Ramírez se detuvo a hablar durante más de 15 minutos con una señora que le contaba sus penas. Cuando uno de sus asesores le sopló al oído que era tiempo de irse, que otros posibles votantes esperaban en un pueblo vecino, Ramírez le pidió "un minuto" a la señora y le dijo, en voz baja, al dirigente que lo apuraba: "Si yo no estoy para escuchar lo que piensa la gente, ¿para qué estoy?".
En verdad, muchos herreristas de viejo cuño nunca le perdonaron su audacia y lo consideraban lisa y llanamente un traidor. Para otros, fue ejemplo de honestidad. En todo caso, pese a su porte doctoral y su imagen muy distinta a la de los tradicionales caudillos nacionalistas, no está mal que Ramírez sea recordado por aquella batalla contra lo que creía indecoroso. ¿Qué más quiere un blanco que lo traten de insumiso?