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3 de abril 2025 - 12:14hs

Una nueva categoría de vínculo está emergiendo en silencio, sin definiciones claras ni encuadres psicológicos: los hermanos de algoritmo. No son amigos en el sentido clásico, tampoco conocidos. Son personas con las que mantenemos una relación regular, íntima en apariencia, construida casi exclusivamente a través de plataformas digitales. Reaccionamos a sus stories, nos mandamos memes, compartimos audios largos… pero muchas veces nunca nos vimos en persona.

El vínculo no nace de la experiencia compartida, sino de la coincidencia algorítmica. No nos une una historia, sino un patrón de consumo. Nos encontramos porque el sistema cree que deberíamos encontrarnos. Porque nuestros comportamientos online —likes, reproducciones, intereses— encajan dentro del mismo perfil de usuario. El algoritmo genera la ilusión de afinidad, y nosotros la convertimos en vínculo.

La hipótesis es inquietante: ¿cuántas de nuestras relaciones actuales existen porque fuimos seleccionados mutuamente por una plataforma? ¿Cuántas conexiones afectivas están sostenidas más por el feed que por la vida real?

Esta forma de vínculo plantea una redefinición de la intimidad. El afecto ya no se construye necesariamente con tiempo, presencia o historia, sino con frecuencia, interacción y estímulo. Nos vinculamos no porque queremos, sino porque es fácil. Porque el algoritmo lo facilita. Porque estar a un mensaje de distancia es suficiente para que parezca que hay un lazo.

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Pero esa aparente cercanía tiene consecuencias. Cuando el vínculo se corta, no hay discusión, ni explicación, ni cierre. Simplemente dejamos de aparecer en el feed del otro. Se interrumpe la interacción y el otro se desvanece. Como si nunca hubiese existido. El dolor no es el de una pérdida clara, sino el de una ausencia difusa. Nos preguntamos: ¿fue real? ¿Era alguien o era una notificación más?

El problema de los hermanos de algoritmo no es que no haya afecto. Es que no sabemos nombrarlo. Es que no tenemos herramientas emocionales para sostener vínculos que no tienen cuerpo, ni espacio, ni calendario. Relaciones que no terminan, pero tampoco siguen. Que están ahí, flotando en la interfaz.

No vamos a dejar de crear lazos digitales. No podemos. Pero sí podemos empezar a distinguir entre compartir datos y compartir tiempo. Entre el que te sigue en redes y el que te sostiene en la vida. Entre el que reacciona a tus historias y el que te escucha cuando no tenés nada que contar.

El algoritmo puede sugerir personas, pero no puede construir vínculos. Esa tarea sigue siendo humana. Y no hay inteligencia artificial que nos la pueda sacar de encima.

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